Hay una cosa que no entiendo.
En cuanto llegan los primeros días de calor parece que todos hacemos el mismo pacto silencioso.
Guardamos los moldes.
Abandonamos la repostería.
Compramos una sandía.
Y damos el asunto por resuelto.
Ojo.
Me encanta una buena sandía.
Y un melón.
Y unos albaricoques maduros.
Pero una cosa no debería excluir a la otra.
Porque el verano también merece postres.
Solo que quizá no los mismos que hacemos en diciembre.
Cuando pienso en un postre de verano no pienso en capas infinitas de bizcocho.
Ni en una tarta que obliga a encender el horno durante tres horas.
Pienso en algo frío.
Ligero.
Fresco.
Y, si puede ser, servido en copa.
Hablemos de las copas
Porque no sé cuándo las abandonamos.
Pero creo que fue un error.
Durante años las copas fueron territorio de mousses, sorbetes, bavaroises, cremas y postres que aparecían al final de una comida cuando ya no quedaba sitio para nada más.
Y precisamente por eso funcionaban.
Porque una copa bien hecha tiene algo elegante.
Algo antiguo.
Algo que recuerda a los restaurantes de antes.
A las celebraciones familiares.
A esas sobremesas que empezaban después del café y terminaban cuando alguien preguntaba qué hora era.
Además tienen otra ventaja.
Parecen más sofisticadas de lo que realmente son.
Y eso siempre ayuda.
Lo que le pido a un postre de verano
Muy poco.
Que esté frío.
Que no empalague.
Que pueda prepararlo con antelación.
Y que no me obligue a tumbarme en el sofá durante una hora después de comerlo.
La lista es corta.
Pero sorprendentemente difícil de encontrar.
Por eso esta mousse vuelve todos los veranos.
Porque cumple exactamente con todo lo anterior.
Vamos a dejar una cosa clara
Si una mousse de limón sabe más a azúcar que a limón tenemos un problema.
Y bastante serio.
El protagonista aquí no es el chocolate blanco.
Ni la nata.
Ni la decoración.
Es el limón.
La ralladura.
Su perfume.
Ese olor que se queda en las manos después de preparar la receta y que, durante unos segundos, consigue que toda la cocina huela a verano.
Todo lo demás está para acompañar.
No para competir.

La mousse de limón que siempre vuelve
Ingredientes (da para 6-8 copas estupendas)
- 108 g de leche entera
- 108 g de nata para cocinar
- 432 g de nata para montar (35% MG)
- 318 g de chocolate blanco
- 10 g de gelatina en hojas (aprox. 5 hojas)
- 14 g de ralladura fina de limón
Preparación
Pon la gelatina a hidratar en abundante agua fría.
Lleva a ebullición la leche, la nata para cocinar y la ralladura de limón.
Retira del fuego y añade la gelatina bien escurrida.
Funde el chocolate blanco.
Vierte aproximadamente un tercio de la mezcla caliente sobre el chocolate y mezcla hasta obtener una emulsión lisa y brillante.
Añade el resto poco a poco manteniendo siempre una textura homogénea.
Cuando la mezcla alcance unos 28 ºC incorpora la nata semimontada con movimientos envolventes.
Reparte en copas y deja reposar en frío al menos 6 horas.
Aunque, si puedes esperar hasta el día siguiente, te recomiendo hacerlo.
Y una última cosa…
Si tienes grosellas, ponlas.
Si tienes frambuesas, también.
Si no tienes nada, no pasa absolutamente nada.
Porque la verdad es que esta mousse no necesita demasiada ayuda.
Las copas bonitas tampoco.
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